Vamos, decía uno de los cinco hombres en esa habitación oscura, iluminada solamente por un foco a un costado que no permitía ver el rostro de todos. H giró la vista a su izquierda, y vio a su hermano mayor, que parecía impasible, absorto en algún pensamiento que le generaba aquella discusión. A su derecha estaban sus otros dos hermanos: el menor y el que le seguía en edad. Al otro lado de ellos estaba G, sentado y con el rostro bien iluminado. Era él quien trataba de convencerlos de llevar a cabo algo que no terminaba de convencerlos. El menos convencido era el hermano menor; quizá por ser el más prudente.
G volvió a repetir las palabras: —Vamos a entrar por una puerta que está al costado de la propiedad. Yo tengo la llave. Nadie nos verá entrar—. El Señor Seis tiene cosas de valor ocultas en el sótano. Yo las he visto: hay objetos de oro y plata, libros antiguos e incluso un mapa en un cuadro colgado en la pared. Creo que también deberíamos llevárnoslo; parece valioso.
El hermano mayor miró a H y le dijo: —Sí, estamos todos de acuerdo en hacerlo, pero tú eres el que confía en él, no nosotros—. Con eso quedó zanjado el asunto. Salieron de la habitación y se dirigieron a la sala. H —sin saber por qué— se detuvo a observar unos globos azules pegados a la pared; recuerdos de una celebración familiar. El televisor mostraba un programa en pausa que el menor había estado viendo antes de la conversación. Sobre la mesa del comedor había cinco platos, cuatro juntos a un lado y uno separado al otro. G declinó la invitación a cenar. Un gran espejo reflejaba la mesa; un pequeño sillón amarillo, junto a la puerta principal, impedía que se cerrara. G salió, y los cuatro hermanos se sentaron. Lo harían en un par de días.
G trabajaba para el Señor Seis y, en alguna ocasión en que el anciano no se encontraba en casa, había accedido al sótano. Sabía que allí se guardaban objetos de valor, pues este procuraba mantenerlo cerrado con llave, aunque a veces lo olvidaba.
El Señor Seis era viejo y olvidadizo, pero siempre vigilaba su sótano. Tenía una barba blanca y descuidada. Llevaba lentes de 12 dioptrías y montura naranja, supuestamente para encontrarlos fácilmente en su mesa de noche; aunque parecía que nunca se los quitaba. Aparentaba unos 70 años, aunque su edad exacta era un misterio. Siempre llevaba una cadena atada al pantalón, de la que pendía un amuleto que frotaba constantemente con el pulgar de la mano izquierda.
Unos días después, G llegó a casa de los cuatro hermanos y le contó a H que había encontrado una forma aún mejor de entrar, incluso hasta el sótano: bastaba con cruzar un barranco y llegar a la parte trasera. Una vez allí, cortarían el alambre de púas y tendrían acceso a un tragaluz que G había tapado ese mismo día, y al parecer, el Señor Seis había olvidado. Solo les faltaba inspeccionar el terreno para encontrar la mejor ruta.
H y G, a paso apresurado, encabezaban al grupo. Sus tres hermanos les seguían de cerca. Eran alrededor de las ocho y media de la noche, pero en aquel pueblo olvidado por los dioses la oscuridad era tal que no podían ver ni sus propias sombras bajo la luz de la Luna en cuarto creciente. A lo lejos, unas luces titilaban entre los árboles. Llevaban un buen rato caminando y ya casi llegaban al barranco. El día anterior, G y H habían marcado algunos árboles para orientarse. H alzó la voz: —Llegamos, este es el último árbol marcado—. Su hermano menor iluminó la marca con la linterna.
El hermano que le seguía a H preguntó: —¿Y ahora qué?—. Con un gesto, G alzó el brazo y señaló hacia el barranco. Apresurados, el hermano menor y el que le seguía a H comenzaron a bajar un lado del barranco. H les siguió, y detrás de él bajaron su hermano mayor y G. Llegaron al fondo del barranco con los zapatos llenos de tierra y tras más de un resbalón. No era tan pronunciado —pensó H—. Comenzaron a subir y, al llegar arriba, acordaron que uno debía quedarse afuera, cerca del tragaluz, esperando a recibir los tesoros que iban a sacar. Allí esperaría el hermano que seguía a H.
El cerco no supuso ningún obstáculo; con unas tenazas, cortaron el alambre sin dificultad. G los condujo hasta la claraboya, donde comenzaron a retirar las ramas y telas que la ocultaban. G ya había previsto todo para quitar un cristal y facilitar el acceso. De esta forma, lograron entrar.
Los cuatro hombres en el sótano comenzaron a pasar cosas al hermano que se quedó afuera. Un pequeño cofre, como de unos quince centímetros de largo por diez de ancho, estaba lleno de piedras brillantes; unas pinturas que parecían hechas en épocas antiguas, cubiertos de plata, además de otras cosas que creían que el Señor Seis no notaría. Así podrían regresar sin ser notados.
G estaba revisando una caja grande de madera que contenía otros cajones dentro. Una de ellas, muy pesada, se resistía a abrirse. A H le pareció escuchar algo detrás de él; algo se movía. Cuando se giró, vio una silueta que se acercaba; era solo una sombra en la oscuridad, y no pudo distinguir qué era. Entrecerró los ojos para intentarlo y, al momento de hacerlo, sintió los brazos de alguien por detrás. Lo sujetaron con fuerza; no pudo zafarse. De pronto, sintió un fuerte golpe en las piernas que lo obligó a hincarse. Se encendió una luz y se vio la silueta de un hombre sentado en una silla muy elegante, tallada en madera, con un intrincado diseño en la parte superior del respaldo. Era el Señor Seis.
Un disparo sorprendió a los hermanos. Se escuchó un golpe seco al caer algo al suelo. Tras el disparo, hubo un breve silencio, seguido de un murmullo y el sonido sordo de un cuerpo al caer. La silueta del Señor Seis se iluminó por completo. Otra luz se había encendido. Frente a él estaban tres hombres hincados y el cuerpo de G a un costado.
El Señor Seis, con dificultad, se puso en pie, apoyándose en su bastón. Murmuraba algo incomprensible para H. Dejó el bastón sobre el sillón y extrajo una medalla. Los murmullos se intensificaban; H seguía sin entender lo que escuchaba. Mientras, el anciano repetía las palabras con creciente firmeza: —Lete, señora del olvido, que fluyes en las aguas del Hades, escucha mi ruego—. Lo repitió varias veces hasta que la invocación resonó con claridad en la mente de H. El Señor Seis se acercó a un espejo cubierto por un manto negro bordado con extraños símbolos. Lo descubrió y, apartándose, repitió las palabras frente a H: —Lete, señora del olvido, que fluyes en las aguas del Hades, atiende mi llamado—. La superficie del espejo se tornó negra como la noche, y H creyó distinguir el rostro de su hermano mayor, luego el del siguiente, y finalmente el del menor. El Señor Seis dijo entonces: —Te ofrezco esta mente que se alzó contra ti, este cuerpo que yace a tus pies. Que olvide aquello que más atesora—.
H no entendió qué le sucedía. Sus pensamientos se tornaron difusos, como quebrados. Comenzó a tener visiones de su vida, pero sus recuerdos se estaban alterando. Pudo ver cómo sus hermanos eran absorbidos por el espejo. H tenía la noción de haber olvidado a alguien, pero no sabía a quién. H había olvidado los nombres de sus hermanos y todo lo que los unía.
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